Lo que me arde por dentro

Lo que me arde por dentro

23 de Juny de 2024. Nit de Sant Joan

La playa de mi madre me recibe y parece que me invita a entrar en el agua oscura, como adivinando que, si fuera por mí, me adentraría suavemente y me dejaría mecer, abriendo los ojos sólo para disfrutar el fuego que, poco a poco, desde la orilla, va iluminando la noche, queriendo alargar aún más el día.

La mesa está a reventar de cocas, embutidos, quesos y tortillas y lo que hay en los vasos hace que la vida nos parezca lo que no está siendo. Consiste en eso, ¿no? pienso, mientras chocamos las copas una vez más, en juntarse, en recordar que estamos, que todo ha pasado demasiado rápido, que, aunque sea de otra manera, aún nos queremos, y se me hace un nudo en la garganta, porque me he perdido tanto, tanto, que ahora no sé cómo gestionar esta prisa que tengo por vivir.

No sé muy bien cómo he llegado al verano, pero, muy poco a poco, vuelvo a mirar.

En las terrazas contiguas se mezclan las risas. Están separadas por unos muretes bajos, sin paredes, cristales o ni siquiera plantas que separen las casas. Salir a sentarse al porche es como compartir una inmensa terraza común subdividida por colores, donde todos los vecinos conocen no sólo la vida oficial de los demás, sino también la cotidiana: los trabajos de cada uno, quién madruga y quién sale a trasnochar, qué se ve en cada tele y quién ronca en la siesta. La gente del pueblo se traslada a la playa a comienzos del verano a la vez y cuando acaba, vuelven todos, siguiendo las costumbres que marcan las fiestas de los barrios, las comuniones, los ritos que en las ciudades se desdibujan, pero aún están arraigados en los pueblos con una fuerte identidad como éste. Aquí apenas hay veraneantes forasteros y no se les necesita. Este no es un pueblo abierto acostumbrado a la mezcla, ni está atestado de restaurantes y heladerías, ni tiene mercadillos o festivales de verano. La misma gente que se cruza en invierno por las solitarias calles del pueblo lo hace aquí ahora, en el paseo, cambiando sólo el abrigo por las camisolas. Es una playa pequeña y familiar, donde las casitas de colores, de planta baja con el terrado arriba, cortinas bordadas y azulejos tradicionales, resisten desde la posguerra en un eterno duelo con la Ley de Costas. Es la misma playa de las fotos que guardo en blanco y negro, llena de sonrisas que hace tiempo se han apagado para siempre: mi madre y sus amigas con gafas puntiagudas, faldas de vuelo y pañuelos anudados en la barbilla, una Vespa aparcada, los chicos con delantales a cuadritos vichy preparando la leña para una paella. El escenario está prácticamente igual, pero nada es lo mismo.

De repente, como pasa también en Nochevieja, el revuelo me saca de mi ensoñación y alguien grita, que son quasi les dotze!, y nos levantamos de golpe y vuelvo a encender otro incienso y rodeamos la hoguera, qué desconectados estamos, es lo último que pienso ya, cuán atávico es hundir los pies en la arena, reunirse junto al fuego, cómo permanece esa necesidad primitiva de lo simple, de saberse parte de una tribu, de la Naturaleza, de algo más grande todavía, y lo pienso antes de tirar a las llamas la lista de todo lo que tengo por quemar, que es tan larga, que puede resumirse en un solo deseo, ferviente y brutal: hasta aquí llego, tengo que ser otra, y nos metemos en el agua, cogidos de la mano, y reímos cuando nos mojamos los pies, porque ha llegado el verano, porque los deseos se amontonan, porque estamos vivos. Reímos porque sí.

 

Ha sobrado tanta comida que al día siguiente volvemos a resopar, los mismos, y algunos más. La mesa vuelve a montarse, las copas vuelven a chocar y la noche se alarga, como esperamos que lo haga el verano.

Las hogueras se han apagado al amanecer, pero el fuego sigue: lo llevamos dentro.

¿Me cuentas tú?

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