07 Abr Debe ser primavera
7 de Abril. 24 días de cuarentena
La alarma me sigue despertando a la misma hora. Las dos nos hacemos la ilusión de que es un día normal. Normalidad: esa rutina de la que nos quejábamos hace sólo un mes, por cualquier cosa que ahora añoramos.
Sin embargo, me cuesta levantarme, como si mi cuerpo fuese tan pesado como lo está siendo el tiempo. Tiempo: masa viscosa que se estira, interminable, y aturde la cabeza hasta volverla igual de espesa.
Me cuesta concentrarme para leer, no digamos para estudiar, y lo mismo de siempre me cunde la mitad. Pongo lavadoras, recojo la cocina, paseo con la aspiradora y con la sensación de que las horas que marca el horno no concuerdan con los cambios de luz que hay ahí afuera.
La vida normal.
La mascarilla desinfectada, el paquete de toallitas, las botas y la chaqueta, todo en el rellano, junto a la puerta; la intendencia que hace un mes sonaba a chino (huy) y ahora es cotidiana como si lo llevara haciendo toda la vida, como los niños que juegan a balón entre los escombros de una guerra a la que se han acostumbrado, y desde aquí no entendíamos cómo podía ser. Debe ser eso; nos acostumbramos a todo, y lo hacemos rápido, porque adaptarnos es la única manera de poder seguir.
Cualquier situación se convierte en normal, y así vamos tirando.
Miro fotos para cerciorarme de que en algún momento tuve otra vida, y no reconozco a la que veo. El tiempo juega malas pasadas; los minutos se arrastran, pero los años corren. Y tengo tanto que hacer.
El campo estará verde, cantamos bajito, a dúo, como siempre, debe ser primavera, aunque el cielo disimula y sigue enviando lluvia casi cada día.
Mejor. Con este frío igualmente no apetecería salir.
Los recuerdos se siguen removiendo cuando llega este mes.
Hoy mi balanza parece una montaña rusa.
Todos los días circula en redes la misma pregunta, ¿qué has aprendido de esto? y me doy cuenta de que llevo adelantados los deberes: ya tuve mi catarsis particular, ya me recluí en un confinamiento voluntario, ya aprendí a ser libre sin salir de casa, ya reorganicé mi espacio y mi tiempo para teletrabajar, ya me deshice de casi todo, ya comprobé cuánto necesitaba abrazar a mis amigos, ya me hice todas las preguntas y me las respondí. Ya había vuelto a empezar.
Pero siempre, siempre se aprende algo nuevo.
Lo de que después de la tormenta siempre llega la calma vamos a tener que revisarlo.
Después del tsunami de la última crisis, ahora nos cae este terremoto, mucho más cruel, porque no podremos salir a reconstruir lo que había con la misma fuerza con la que lo hicimos la vez pasada. Saldremos tocados, saldremos con susto, con suspicacia, con restricciones, saldremos en fases, con sectores que se recuperarán lentamente y otros que ya nunca lo harán. La lección, en el fondo, es la misma: somos frágiles, todo puede derrumbarse en días, y Economía y gestión de recursos: cómo ahorrar como hacían las abuelas debería ser asignatura obligatoria desde los diez años.
Tardaremos en viajar, tendremos que cambiar la forma de hacerlo, empezaremos poco a poco y por según qué sitios. Nada será igual, pero si algo está consiguiendo esta experiencia es reafirmarme más aún en la filosofía de viaje como la forma de vida que quiero para los restos. Todas las decisiones tomadas desde hace cuatro años, todos los procesos necesarios, todas las energías enfocadas al por qué de esta Balanza: viajar, escribir, vivir para contarlo.
Resistiremos, esto también pasará, y todo saldrá bien.

Bendito Internet por el que puedo volar, de momento, hasta Latinoamérica para empezar mañana mismo otro taller de crónicas de viajes. Cinco semanas leyendo, escribiendo, aprendiendo y soñando.
Jódete, virus, no me has robado del todo el mes de Abril.
Anónimo
Posted at 17:33h, 09 abrilWoooooo…me sigo emocionando..
Gracias, siempre gracias.