Desde los soportales

Desde los soportales

Crónica para el Taller de Periodismo de Viajes impartido por Paco Nadal, en la UAM (Escuela de Periodismo de EL PAIS)

27 de Enero de 2020

Puerta del Sol, puro centro de Madrid. Hoy, el día no hace honor a su nombre; desde el amanecer, el cielo está pintado de profundos grises que prometen agua.

A escasos trescientos metros que merecen ser recorridos sin prisa, las antiguas callejuelas medievales desembocan en ella, abierta, cuadrada y señorial.

Estás en la Plaza Mayor.

En el centro, montado en su caballo, Felipe III contempla esta primigenia lonja que ordenó remodelar a finales del siglo XVI. Dos placas conmemorativas te hablan de fechas y figuras ilustres, pero si quieres ver la esencia del barroco español, acércate a las farolas que cercan su perímetro; en su base, las escenas grabadas en el hierro te transportarán a los carnavales, los toros o, incluso, los sucesivos incendios que ha padecido este antiguo mercado y de los que ha resurgido, cada vez, más imponente.

Hoy, además de ser el centro de múltiples actividades culturales y visita turística obligada, la Plaza es, en sí misma, el escenario cotidiano de personajes que se entrecruzan, tan llenos de color como de historias.

Emparrada mirando la vida en la Plaza.

Bajo los soportales, antiguos comercios con solera conviven con tiendas de disfraces de torero, abanicos de flamenca y todo lo que los turistas suponen que es España. De los bares surge la banda sonora, que ameniza con el pedido inevitable de un bocata más de calamares. Personajes variados van y vienen, incesantes, pero si te fijas un poco, todos se conocen, y todos tienen su puesto fijo como si de una oficina bien repartida se tratara: el hombre invisible, el que hace pompas de jabón, la que baila un chotis con su mantón de Manila…guiños de picardía a cambio de un euro que los turistas, sobre todo los asiáticos, se prestan a soltar, escapando del paraguas del guía contrariado que tiene que interrumpir sus explicaciones una y otra vez.

Ve con cuidado junto a los pilares de los pórticos; la costumbre nos ha dejado la vista nublada de indiferencia y no vemos a los mendigos, tirados en el suelo junto a los carritos que contienen lo que queda de su vida. Uno de ellos abraza a un cachorro y cuando se da cuenta de que le miro levanta el borde de su manta, enseñándome a los otros dos que, calientes y seguros, duermen en su regazo. Se llama Juan Carlos, y se queja de nosotros, los periodistas, porque dice que preguntamos para unas cosas y luego publicamos otras que no son verdad. Cuando el perrito lame su cara, él sonríe, agradecido por la compañía más fiel que probablemente ha tenido nunca, y yo me alejo, mientras el café que nos hemos tomado juntos se me queda atrapado en la garganta.

De repente, los personajes mitológicos que pueblan la fachada principal parecen cobrar vida y un trueno retumba como si lo hubiera enviado la misma Cibeles. El mimo recoge sus cosas, los niños salen corriendo y los turistas se dispersan. En esta helada mañana de Enero, nos quedamos, solas al fin, en la Plaza Mayor de la villa de Madrid, la lluvia y yo.

¿Me cuentas tú?

Escribe un comentario