21 Dic Esa nube negra
20 de Diciembre de 2021
Joaquín Sabina se recuperó de aquel ictus que padeció hace ya más de veinte veranos. Pero con lo que no contaba era con lo que vendría unos meses después, cuando se había relajado, con el alivio de que ya no había de qué preocuparse. Sin avisar, sin precedentes, sin pistas, la nube negra se instaló mucho tiempo sobre su cabeza. Y ahí se queda, sobre ti, proyectando su sombra por mucho que a tu alrededor el sol sea radiante. Cuando la luz cansada tiene sombras de ayer, cuando el amanecer es otra noche helada, le regaló su amigo Luis García Montero, presentándose en su casa con esos versos para que los musicara y, así, obligarle a empezar a funcionar. Cuando deshojo el triste racimo de la nada, porque, aunque lo tengas todo, no sientes nada, más que Cuando siento piedad por sentir lo que siento, esa lástima: lástima por quien has sido y ya no eres, por quien hubieras podido ser, por lo que ves en el espejo, porque no te reconoces en ese despojo lento que cumple con lo mínimo indispensable, cada día un poco menos, hasta que llegue la rendición, Cuando la nube negra se acomoda en mi cama, entrando cada noche a rastras con el alivio de sumergirse en ella y la angustia por lo pronto que llega el amanecer, y de nuevo a disimular el esfuerzo de darte una ducha, de comer cualquier cosa, de aguantar las ganas de llorar, de sentirte cobarde por no estar aprovechando la vida. Cuando despierto y voto por el miedo de hoy, porque te has vuelto incapaz de hacer las más pequeñas cosas cotidianas, Cuando soy lo que soy en un espejo roto, cuando cierro la casa porque me siento herido, cuando es tiempo perdido preguntarme qué pasa.
Que no, que no se sabe si no tienes la experiencia de que la depresión sea una más de la familia, que se sienta cada día a la mesa empapando de amargura la vida cotidiana, hasta que una sonrisa se celebra como un acontecimiento extraordinario. Que no, que no se puede hablar, ni opinar, ni pontificar, si no se ha sufrido cómo va calando, suavemente, hasta conseguir contagiar también a los que están más cerca, que se han acostumbrado a vivir así, haciendo un esfuerzo diario para no dejarse arrastrar por ese lodo de tristeza. Que no, que no se puede juzgar lo que no se conoce, y la gente no sabe que puede ser endógena, por algún cortocircuito que tienes por dentro y que es pura química, o exógena, porque te ha pasado algo muy gordo que no puedes gestionar, o una mezcla, porque igual vas tirando mientras no te pasa nada que te hace explotar, manteniendo un equilibrio que depende de tantas cosas que es casi un milagro que cuadren todas.
Que no lo vimos, Verónica Forqué, que nunca parece que vaya a ser para tanto, hasta que es. Que, como tú, se marchan diez personas al día: calculadores o impulsivos, da igual. No pueden más. Y, de todo el año, éstas dos semanas que quedan son probablemente las peores, donde la nube negra se hace más espesa, entre la tristeza, la nostalgia y la melancolía, y en este mismo instante debe haber muchas cabezas sintiéndose incapaces de disimular otra Nochebuena, de soportar otra Navidad, de aguantar hasta que pase la Nochevieja, tan extrañas, además, tan llenas de incertidumbres y miedos como están siendo los dos últimos años.
Es Navidad, pero no lo parece.
Tú descansa, Vero. Ya está.

¿Me cuentas tú?