12 Feb Luz de invierno
12 de Febrero de 2023

Hace mucho frío y tanta humedad que las manos se quedan torpes y tiesas dentro de los guantes. Las nubes han dado una pequeña tregua pero ahí están, oscuras y densas, avisando de que en nada dejarán caer de nuevo la lluvia. Aquí llueve así: pocas veces, pero como si fuese el diluvio universal.
Me encanta el invierno.
Me gusta respirar el frío limpio, y las horas en las que el cielo se pone blanco, como si estuviera a punto de nevar, y deja esa luz tenue que se cuela entre las ramas desnudas de los árboles. El invierno huele a leña y a humo, aunque en la ciudad no haya chimeneas (al menos en esta zona donde vivo). Será que es mi invierno el que tiene ese olor denso de brasas y cenizas, que me lleva a las calles desiertas de un pueblo de montaña con musgo en los trozos de plaza a los que no llega el sol. Los recuerdos del pueblo acuden más en invierno, porque es cuando más lo habitaba, y después, conforme llega el buen tiempo, se van difuminando hasta que reaparecen, puntuales, al sacar del altillo las cajas de navidad.
Las botas hacen crujir las hojas secas al caminar por el parque y respiro el silencio, esa calma que anuncia una nueva tormenta y que pronto me devolverá a la alegría sencilla de entrar en casa, encontrarme la lamparita encendida en el salón, el alivio de colgar tiritando el abrigo y la bufanda, la manta esperando en el sillón, los libros apilados en la mesita, el chasquido de la cocina al encenderse para calentar el agua, todo ese calor que sólo se puede disfrutar cuando hace tanto frío. Sin embargo, me he dado cuenta estos meses que estoy notando algo nuevo, en lo que nunca antes había reparado y ahora me incomoda: la falta de luz.
Hala, ya tengo otro simbolismo al que sacar punta.

¿Me cuentas tú?