27 Jul El mar, ahora tan lejos
27 de Julio de 2020
Ya sé que no hay que fiarse de los termómetros de la calle, pero ver 43º da impresión. El mediodía reverbera y busco una sombra; necesito parar un momento porque la sandalia me ha hecho una herida en el pie. Miro el comienzo de la Avenida del Mar con anhelo, pensando que, a 4 km en línea recta, lo tengo: la avenida desemboca directamente en el puerto, desde donde llega esa humedad inconfundible.
El mar: lo necesito cerca. Aunque no vaya, aunque pase semanas sin verlo (y ahora no sé cuántas van a pasar, porque no pienso ir con mascarilla); sé que está, aquí al lado, recibiéndome cada vez que le necesito. Inmutable y eterno, con él sí puedo contar.
No me falla jamás.

En los kilómetros de playas sucesivas, que he caminado tantas veces, tengo camuflados mis rincones: algunos se mantienen milagrosamente tranquilos incluso en la temporada más alta y a otros vuelvo con la sensación de recuperarlos cuando acaba el verano, después de la invasión. Cada año lo inauguro antes y lo despido más tarde, preguntándome si alguna vez me tiraré en invierno, como los nórdicos que viven aquí todo el año y que me sonríen al salir, divertidos pero sin poder comprender cómo no nos metemos.

Con un libro, con la esterilla, cargada para todo el día o para dar sólo un paseo de emergencia, da igual; antes de llegar ya bajo las ventanillas para olerlo, y aparco con la excitación de los niños antes de abrir la puerta y salir disparados.
Cuando viajo al Cantábrico y atravieso el interior, con sus bellas llanuras ocres de trigo y vides, siempre me hago la misma pregunta: la gente de aquí, ¿adónde huye?

¿Me cuentas tú?