21 Jun Namasté
21 de Junio de 2020. Solsticio de verano. Día Internacional del Yoga
Mi esterilla es lila. Está llena de mini cráteres producidos por Nun, que en cuanto la desenrollo acude alegremente a afilar sus uñas. Una de sus esquinas está grapada, porque no se me ha ocurrido otra manera de arreglar el último mordisco de Surya.
Y quisiera conservarla todo lo que pueda, porque soy una idiota sentimental.
La elegí violeta y con euforia, aquella tarde en una escuela de Barcelona, como si lo que simboliza su color se me fuese a impregnar, por arte de magia, sólo con sentarme encima.
Y no, no es una alfombra voladora. El único hechizo es la fuerza de voluntad.
Hace tantos años que me parecen mentira.
A la esterilla le pasó lo que a las matrículas de gimnasios en Enero: se estrenó con un entusiasmo que se fue apagando, poco a poco, hasta descansar durante mucho tiempo en su funda gris. Al abrir el armario nos mirábamos como sabiendo que aquello era un desencuentro temporal: hacía falta conocerse más, y aún no era el momento.
Darse cuenta de cuándo empieza a serlo es parte del aprendizaje.
Después de desmoralizarme muchas veces viendo vídeos de gente que, con toda la facilidad aparente, se ponía un tobillo en el hombro o se sostenía sobre una sola mano, me di cuenta de que tenía que empezar de cero y, sobre todo, como en todo, ponerme a estudiar. Empaparme de teoría antes de probar la práctica; saber qué era el yoga, de dónde venía, cuál de sus ramas me convenía, qué hábitos necesitaría adaptar y hasta qué punto estaba dispuesta a ello. Como siempre, Internet tenía las respuestas. Teniendo claro que lo ideal es acudir a una clase física para poder preguntar y corregir, y asumiendo que eso era imposible, comencé por lo esencial, que es tan básico que pasa desapercibido, sin recibir una atención consciente: la respiración.
Cuando empecé a el blog y una de las páginas iba a llamarse Respirar, me di cuenta de que esto ya formaba parte de mí.
Sigo sin ponerme el tobillo en el cuello, no hago -aún- posturas espectaculares y mi alimentación no es oriental. Aquí en Occidente llamamos yoga a los ejercicios físicos, pero las asanas son sólo una de sus ocho partes: el Yoga, en la antiquísima raíz hindú reflejada en los sutras -los escritos sagrados- es una concepción holística del ser humano que engloba todas sus vertientes; física, mental y espiritual, en un recorrido que para los auténticos yoguis supone toda una vida de estudio, disciplina y ascetismo.
Pero, después de tanto tiempo, sí he comprendido que la meta, en sí misma, es conseguir un espacio cada día para la introspección, para el conocimiento de mi cuerpo y la exploración de sus posibilidades; la comunión íntima con la mente, y una nueva idea de respeto, de autoestima, de cuidado, de armonía y de equilibrio.
El momento llegó pasados los cuarenta (han llegado tantas cosas pasados los cuarenta) y el reto ahora es pelear contra mí misma a la hora de avanzar, cada vez que mi mente me traiciona enviándome esa idea maldita de que no voy a poder. No pensar en la edad a la hora de exigirme un poco más, de llegar, de estirar, de sentir alegría en el dolor y transformarlo en motivación, porque significa que estoy viva, sana, practico cada madrugada, y sólo eso ya se merece mi mejor namasté al terminar, lleno de profunda gratitud.
Después de tantos años con mi esterilla, es ahora cuando realmente hemos iniciado este camino juntas; con constancia, sin prisa y para siempre. Me la llevo a cualquier viaje, porque al fin la he integrado como una más de mis rutinas; los retiros y encuentros son todo un mundo que me encanta explorar y sé que cuando llegue el turno de India, tantas veces pospuesta, el yoga tendrá reservado un espacio de honor.

Hoy, en su Día Internacional, me siento tan agradecida de haberlo recibido en mi camino.
¿Me cuentas tú?