Nos llaman héroes

Nos llaman héroes

10 de Abril. 27 días de cuarentena. Relato para Zenda. Tema: nuestros héroes

La jornada ha terminado.

Se mira al espejo, agotada, y se toca con cuidado las marcas que la protección le ha dejado en la frente, la nariz y las mejillas. Está empapada en sudor. Cierra los ojos y recuenta los que se le han muerto hoy, calculando los que faltarán cuando vuelva al día siguiente. Yo no, a mí no, todavía no. Por favor.

Recorre la planta despacio y aguanta hasta llegar al coche, en el que se cobija con alivio. La media hora que le queda hasta llegar a casa es el único momento en el que se permite llorar.

Mientras, la persiana de la panadería sacude el silencio de la calle. No puedo más, murmura. Coge la bolsa de papel y aspira el olor a pan caliente para reconfortarse de la desolación. Lleva también magdalenas, coca de naranja y croissants de chocolate: el olor de lo cotidiano. A hogar, a radio en la cocina, a domingo, a café. A aquella vida normal que ahora parece otra vida.

Lo deja en el asiento de al lado con el mismo amor con el que lo ha hecho, y baja las ventanillas. El rato que tarda en llegar a casa es el único momento en el que se permite llorar.

Justo en ese instante, la maestra está apagando el ordenador. Le estalla la cabeza. Lidiar con los niños en clase no es poca cosa, pero el guirigay que se monta en la pantalla es otra dimensión. No todos cuentan con una intendencia preparada para un esfuerzo semejante, y la conexión flaquea tantas veces como su ánimo. Prefiere no pensar en los que iban a la escuela como una escapatoria a muchas cosas, porque la pena acaba generándole ansiedad. Sabiendo que los deberes son lo de menos, recibe las lágrimas sin resistirse. Este es el único momento en el que se permite llorar.

La enfermera y la panadera están ya abriendo la puerta.

−Hola, cariño.

−Hola, mamá…

La maestra observa, en el recibidor, el ritual de cada tarde, en el que su madre y su hermana se quitan despacio la mascarilla y los guantes, dejándolos en una bandeja, frotándose las manos con alcohol, conteniendo las ganas de abrazarse mientras meten la ropa en una bolsa para lavarla aparte.

Cuando se duchan, despellejándose la piel, tienen la esperanza de que la tensión se vaya también por el desagüe.

−Os llaman héroes−dice, cuando al fin caen desplomadas en el sofá− ¿lo habéis oído? yo no pido tanto, pero a ver si ahora valoran un poco mi trabajo…los niños están aguantando como campeones…esta experiencia no la olvidarán mientras vivan, ojalá les estén enseñando lo que realmente importa de todo esto. ¿Qué tal tu día?

−Bueno−responde su hermana−tenemos bien protegido todo, preparamos muchos encargos por teléfono…algunos se llevan el pedido de sus vecinos mayores, y les ponemos un dulce de sorpresa para animarles un poco…desde luego lo mío es más bonito que el supermercado, con tanta histeria, que hay gente que parece que está sin atornillar, que aún se meten con las cajeras cuando han arrasado las estanterías, es un horror, no llevan guantes, pagan en metálico, no respetan los espacios, de verdad, pero cómo hay que explicar las cosas en este país, si los agricultores, los ganaderos, los transportistas han dicho que ahí están, dando el callo…¿y tú, mamá? que nunca cuentas nada…

La enfermera bebe un sorbo de esa cerveza bien fría que le devuelve la cordura cada tarde.

−Nunca cuento nada porque la rabia se me queda en la garganta−suelta, con voz rota−acordándome de cuando inauguramos el hospital, con los políticos allí cortando la dichosa cinta, con sus sonrisitas idiotas, mientras nosotros sabíamos lo que hacían cuando se apagaban las cámaras…no sé si somos héroes o no, pero estamos siendo todo lo responsables que ellos no han sido…hicimos ruido, todo el que pudimos…para nada…y ahora…ni siquiera ahora, ni siquiera con esto van todos a una…qué vergüenza, qué ridículo, qué asco, qué miedo…qué envidia de cómo han reaccionado otros…y la gente tampoco nos valoró…ni a nosotros ni a tantos servicios básicos…y nos han tratado igual que los padres a vosotros−le dice a su hija, la maestra−con exigencias, con amenazas, con chulería…claro que se agradece el aplauso…pero durante muchos años el aplauso y el dinero desproporcionado, indecente, obsceno, se lo han llevado los futbolistas, los influencers, los gilipollers de la basura de la tele y toda esta fauna…sí, claro que estoy orgullosa de mi oficio, de mis compañeros, cómo no voy a estarlo, más que nunca, de los que se ven y los que no, porque nosotros no podríamos hacer nada sin los de mantenimiento, limpieza, basura, que no sabéis la paliza que se están dando…los más precisos son los más invisibles, ya ves…ahora lo que falta saber…

−…es si la gente se dará cuenta−murmura la panadera−si esto habrá servido para algo, si las cosas empezarán a cambiar, aunque sea poco a poco…

−De momento que aproveche el planeta este respiro−musita la maestra−que se lo merece tanto como lo necesita. Y ya veremos si lo respetamos un poco más cuando nos suelten.

Las tres descansan en un silencio escéptico, y de repente oyen, a lo lejos, las sirenas.

−Ya son casi las ocho, mamá, venga, hay que salir.

−Ay, por favor, de verdad…

−Va, mamá, que los vecinos te esperan con toda la ilusión, que eres la estrella de la calle.

−Es que me van a poner otra vez Resistiré

Y entonces sí. Aflojan, descargan, se abrazan, se ríen, mucho, muy fuerte.

Como en un día de los de antes, en aquella vida normal.

¿Me cuentas tú?

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