Nun

Nun

12 de Noviembre de 2020

Acabada d’arribar a casa, tota tremolosa.

Mi panterita Nun llegó una tarde de primavera lluviosa, hace diez años, por eso se llama como el agua primordial de los egipcios. Unica entre los demás peluches blancos de la camada, la elegí con entusiasmo, porque tener una enigmática y elegante gata negra entre los inciensos y las velas me parecía lo más. Me la dio una antigua compañera de colegio que me encontré por casualidad y me contó que vivía en el campo y que su casa parecía el arca de Noé, y que una de sus gatas iba a parir de nuevo, evidentemente sin saber de quién, porque tenía tantos gatos por la parcela que ya no les ponía nombre. Le regalé una toalla de playa cuando me la trajo al trabajo, en una caja de zapatos, y nada más llegar a casa se quedó así, acurrucada y prudente, junto a la pata de la mesa, hasta que pronto se hizo dueña del territorio.

Después de tantos años, nos entendemos con sólo mirarnos, y, arrebujadas con la mantita, somos un solo bulto en el sofá. Marcó al pobre Surya desde el primer día y le dejó claro que, en esta casa, manda ella.

Pantera exploradora.

Estas semanas anda inquieta, maullando más de lo normal y observándome con esos ojos amarillos que parece que me radiografían, percibiendo, sin ninguna duda, que algo pasa, y por las noches ya no se queda enroscada en mis piernas, como si estuviera demasiado lejos, y sube hasta mi cara y me da con la patita, comprobando que aquí sigo, con ella, y me embiste hasta que la tengo que apartar para volver a dejarla en los pies de la cama, tranquilizándola con caricias lentas hasta que, ronroneando, es ella la que me calma a mí.

Yo también voy a tener siete vidas, Nun, le digo. Como tú.

El misteri ancestral dels gats, en aquesta mirada.
¿Me cuentas tú?

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