16 May Salir corriendo
16 de Mayo de 2020
Después de estos dos meses, mi peluquería abrió esta semana y allí estaba yo, a las nueve en punto, disimulando el regustillo ansioso de volver a reconocerme en el espejo. Estar contenta por ir a teñirte da una idea de lo plana que se ha vuelto tu vida, como esas señoras que a veces han compartido confidencias en el sillón de al lado, con el petróleo pegajoso en la cabeza, contándome que ir todas las semanas a hacerse el pelo era su momento festivo entre tanta rutina de obligaciones y aburrimiento. Nada más abrir la puerta ya noto esa nueva normalidad de la que tanto se habla: el salón despejado, con sólo cuatro sillones bien separados, sin cepillos ni demás utensilios a la vista y con L. mirándome por encima de la mascarilla, sosteniendo un termómetro láser como si fuera una pistola. ALTO, me dice, mientras me toma la temperatura, y yo, que me encuentro bien, de repente me siento como si estuviera en una aduana y me fueran a pillar las joyas que llevo escondidas en el sujetador. Paso y me pone gel en las manos, y le pregunto cómo me va a hacer con la mascarilla puesta -la mía-. No te preocupes, me dice con misterio, lo tenemos todo controlado, y me sienta en el sillón donde antes perdía el tiempo hojeando revistas de cotilleos y hoy leeré apuntes -ves, todo pasa por algo-. Estar con ella sólo para mí, pudiendo charlar tranquilamente mientras trabaja sin prisa, le da al asunto un aire de exclusividad y de glamour que hace que me relaje como hace tanto que ya ni recuerdo.
Ni confinamientos ni sustos personales: abandonarse es lo último, porque cuando todo se derrumba, es cuando más te has de cuidar. Nunca, ni en mis peores momentos, he dejado un solo día -y mucho menos, noche- de seguir una rutina que es, en muchos sentidos, una terapia de reafirmación. En este tiempo de reclusión, no ser vista por los demás no ha sido excusa para la dejadez, y esa apreciación, que parece simple, ha aportado valor a esta experiencia.
Tomar conciencia de mi cuerpo, conocerlo y atenderlo es otra cosa más que le debo al yoga, y que no tiene nada que ver con ser esclava de una determinada imagen impuesta, ni con querer aparentar lo que no se es. Cuidar mi cuerpo es lo mismo que cuidar mi cabeza: una cuestión de respeto que con los años va adquiriendo un sentido nuevo.
Ahora que he vuelto a mi caminata de cada día (y que me he dado cuenta que necesitaba mucho) no sé por qué, siento el impulso de correr. No me había pasado nunca eso que dicen de que te lo pide el cuerpo pero ahora, además del cuerpo me lo pide la mente, como si necesitara explotar, llenarme de aire y de fuerza, como si, puestos a sentir dolor, prefiriera el de la exigencia al de la inactividad, porque me hace sentir viva.
Echar a correr y no parar es lo que se me antoja cada vez que me asomo a las redes y me escupen el veneno, la vulgaridad, la estupidez, la envidia congénita y la maldad agria y profunda de este país sin remedio.
¿Me cuentas tú?